El alquiler de libros - basado en un sueño del 06.05.2021
El sueño transcurre en un Los Teques postapocalíptico, yo caminaba errático la avenida Independencia al
cruce de la Ave. Bermúdez, era un mediodía inhóspito y todo lucía descolorido y polvoriento. En lugar de
automóviles, al borde de las aceras muchos buhoneros alineaban cajas de cartón rebosantes de mercancía.
Todo eran piezas de plástico, de forma abstracta, parecían excedentes industriales, conecciones, empalmes;
ningún vendedor sabía explicar su utilidad ni de dónde venían: solo promocionaban su bajo precio. Yo me
fijaba sobre todo en el aspecto abandonado de los buhoneros que celaban la mercancía con pocas ganas,
ellos de seguro hubieran querido tirar o destruir todo aquello, pero aún esperaban obtener alguna miseria de
la venta.
Ante este panorama me detuve de pronto y se me hizo evidente que yo estaba en la misma situación
desesperada de esos comerciantes y que tenía que tratar de vender cualquier cosa, pues mi supervivencia
también estaba en riesgo si no lo hacía.
Sin saber dónde ni cómo empezar, crucé la avenida buscando sombra y encontré, paralelo a ella, un pasillo
de techo bajo que nunca antes había visto. Era una arcada algo baja cuyos arcos estaban cubiertos de
carton piedra a todo lo largo, por lo cual entraba poco el sol y permanecía casi oculta para el exterior. Entré y
caminé unos veinte metros por el refrescante piso centenario, rojizo, pulido y desconchado, hasta que llegué
donde el pasillo cruzaba hacia la derecha y hallé allí a un niño sentado. Grande para su edad, ligeramente
obeso, de cabello corto, liso y brillante, con la piel gruesa y oscura, ocupaba el espacio entre una mesa
mediana y un pequeño armario metálico, ambos grises y desechados sin duda hacía mucho tiempo.
Al acercarme, el niño, pobremente vestido de azul, se dirigió a mí con voz armoniosa, educada y serena,
como si hubiera estado esperando largo tiempo a alguna persona razonable:
"Señor, por favor ayúdeme. Tengo sesenta y cuatro bolívares reunidos y quiero leer un libro de esta
biblioteca. Por favor podría recomendarme usted alguno que sea bueno, para alquilarlo? No quisiera
desperdiciar el dinero en algo que no valga la pena.“
Aunque no lo veía, sabía que cerca del niño se hallaba un anciano encorvado, a quien pertenecía el
desvencijado armario, su contenido y el negocio de alquiler de libros. El pobre anciano esperaba
probablemente con ansias la concresión del arriendo. No pude evitar una sonrisa de encanto y lástima ante la
situación. Sesenta y cuatro bolívares antiguos, y afuera, entre los comerciantes informales, se hablaba de
precios en miles y en millones. El niño y el viejo evidentemente, ya seguramente transados en los sesenta y
cuatro bolívares, estaban en el punto mas desolado de la miseria.
Me sentí elegido y pensé que me sería muy fácil la tarea encomendada, dada mi edad, dados mis estudios,
dada mi mejor situación social. Solo me inquietaba que el niño, por su postura y su manera de hablar, mas
bien parecía ser ciego, y al contraluz yo no distinguía sus ojos, y menos si estaban abiertos o cerrados.
Acepté prestar el pequeño servicio cultural, admirado por la presencia de ese espíritu tan joven y noble que
resplandecía en medio de toda la miseria.
Me agaché para atisbar en el armario cerrado, y la proximidad del piso frío me llevó primeramente a mi
infancia, cuando jugaba solitario debajo de las camas. Las puertas dobles del mueble estaban deformes y
oxidadas. Las abrí con cuidado y en el fondo oscuro distinguí unas dos docenas de libros pequeños, viejos y
desordenados. Algunos estaban en fundas de tres o cuatro, como si integraran una saga, otros sueltos. La
mayoría estaban sucios y con las tapas descoloridas, y pertenecían todos a una misma colección, con tapas
blandas azul y plata. Aunque la colección me pareció a primera vista muy familiar, barata, del tipo ciencia
ficción, no logré reconocer en ella mas nada aparte de mi propio idioma, y en las imágenes de portada
retratos pintados que parecían ser de heroínas y héroes en acciones dramáticas. Ningún título, ningún autor,
ningún tema que pudiera asociar a mi experiencia, ningún recuerdo visto, leído ni escuchado, ninguna
reminiscencia, ningún parecido con nada, como si estuvieran escritos en una lengua muerta. Estuve
removiendo la pequeña biblioteca por un momento mas, ya nada seguro de poder ayudar al niño. ¿Cómo
podría recomendar algo de lo que no tenía ni la más mínima idea? Los libros se me hacían a cada segundo
mas extraños y cada vez me sentía mas ahogado entre sus formas y colores, y me despistaban cada vez
mas las misteriosas serifas delineándose en la tipografía de los lomos. Cuando ya el ahogo se convertía en
mareo y náusea y me sentí en verdadero peligro, como si me encontrara perdido en un laberinto letal, el niño
volvió a hablarme:
“Señor, no se preocupe, déjelo”.
Yo me volví, todavía agachado, hacia el niño, cuyo pecho ahora estaba a la altura de mi cara. Sus últimas
palabras en tono sincero y bondadoso me avergonzaron profundamente. Alcé el rostro queriendo encontrar
sus ojos, pero aún el contraluz me lo impedía: estaban cubiertos de una espesa sombra. En el instante mi
ahogo se tornó en alivio y mi vergüenza en agradecimiento por aquellas simples palabras, liberadoras,
generosas, y tuve urgencia de apoyarme en el regazo de ese niño y de tomar y besar su mediana mano
inmóvil. Al apoyarse mis labios sobre el dorso polvoriento me desbordé llorando de adoración, y ya no me
importó en el mundo nada mas que seguir allí postrado, recibiendo la misericordia y la bendición de ese niño
tan quieto y santo.
Keine Kommentare:
Kommentar veröffentlichen